Ernesto Escapa

El oro de la memoria

La leva estudiantil nos arrancó del pueblo aquel otoño de hace medio siglo para unos años de internado, repartidos entre la quinta vegetal del Porma y los altos pedregosos de la Colorada. La ciudad aún conservaba los ecos del Congreso Eucarístico, pero entonces el aliciente de nuestras correrías lo ponían la aventura de los pájaros silvestres o los cangrejos de acequia en Santibáñez. Estímulos alejados de cualquier solemnidad. Dos años después, el incendio de la catedral sacudió el tedio de una tarde de domingo y nos hizo mayores de repente. Disputaban la final de copa el Bilbao y el Zaragoza y todavía no llevábamos sotana. A la vuelta de medio siglo, ya mayorones, nos seguimos viendo para evocar con nostalgia aquellos anhelos, cuando todas las conquistas parecían asequibles. Hoy nos reunimos para celebrar el oro de la amistad.

En nuestra peripecia de internado, Santibáñez fue el paraíso. Aquella quinta fluvial arropó la mudanza desde la suelta infancia pueblerina al rigor de los horarios. Un patio con palmeras y piedras monásticas de Eslonza, amplias praderas y muchos frutales. La nostalgia y las penas nocturnas del desarraigo nos las curaba con hilas de orujo una monja imperativa y amorosa. Como todos los ámbitos cerrados, segregaba su propia mitología, un territorio movedizo alimentado de ingenuas rebeldías, a menudo resueltas con mezquindad autoritaria. Los recreos eran pródigos en aventuras, que cada cual traía de su mundo, aunque ninguno tan fértil como Vegas del Condado en los relatos de Ursi. Había un molinero alegre, triunfador en los aluches, y un jardinero torvo, de vino y humores tumultuosos. En clase jugábamos a cartagineses y romanos y frecuentes excursiones nos llevaban hasta las eras de la Sobarriba o a los pagos fluviales del Porma.

Otro otoño llegamos al seminario de la carretera de Asturias, un recinto escurialense con tránsitos ojivales y mansardas de pizarra. Se había construido con los excesos del nacionalcatolicismo, como un cuartel más de la periferia, y sus obras se prolongaron casi veinte años, entre 1945 y 1964. El arquitecto fue Vega Samper, autor del penal de Carabanchel. En León hizo la Telefónica de Padre Isla y la iglesia de Jesús Divino Obrero. Como el obispo Almarcha tenía mano, adornó los espacios de respeto del seminario con esculturas rodinianas de Susana Polac y floridas vidrieras. Viajaba en mercedes granate a su sitial en las Cortes, donde lo puso Franco de procurador perpetuo, y traía para la dieta del seminario partidas de carne peronista, naranjas oriolanas, peces congelados o legumbres de cebadero, que gestionaba en Madrid valiéndose de su ascendiente pontifical sobre Girón y los ministros pipiolos. Hoy repasamos la magia de aquel tiempo.

(Artículo de Ernersto Escapa, publicado en el Diario de León, el 4 de Octubre del 2014)

Latín y legumbres

Veníamos de un largo recreo en Santibáñez, en los pagos fluviales del Porma, aquella quinta vegetal de molinos, truchas, cangrejos y canales donada por la viuda de Arriola al obispado. Allí fue el secuestro del joven ingeniero por la partida guerrillera, el fracaso del rescate ideado por Arias Navarro con un capitán travestido de dama compungida y el legado de la tristeza en beneficio de Almarcha. Era una finca con una casa rica de labranza, un patio con palmeras, amplios praderíos y frutales. La estancia ideal para el tránsito entre la infancia pueblerina y la sotana. La pena y las nostalgias nocturnas se curaban con hilas de orujo, que nos dispensaba una monja imperativa y amorosa. Había un molinero alegre, triunfador en los aluches de entonces, y un jardinero torvo, de vino agrio y resacas tumultuosas. En clase y en los recreos jugábamos a cartagineses y romanos y siempre perdían los mismos.

Al Seminario de la carretera de Asturias llegamos un año más tarde facturados en la canoa de Genaro. Un recinto escurialense crecido desde las ventanas ojivales de los tránsitos hasta las mansardas de pizarra, rodeado de amplias explanadas pedregosas compactadas con arcilla roja. Como todos los ámbitos cerrados, segregaba su propia mitología, un territorio bastardo alimentado por ingenuas rebeldías, a menudo resueltas con mezquindad autoritaria. El seminario se había construido con los excesos arquitectónicos del nacional catolicismo, como un cuartel más de la periferia. En los sesenta, se plantó en el pinar el repetidor de Radio Popular, cuyas emisiones deportivas a cargo de Lamberto escuchábamos con la galena conectada a los alambres del somier.

Los fríos se aliviaban con una dieta generosa en legumbres y latín. Teníamos una ración cumplida de misas, meditaciones, fútbol y rosarios, pero se cultivaba una formación humanística que luego uno no ha vuelto a encontrar en ningún sitio. La biblioteca estaba bien servida de clásicos. A Bernardino M. Hernando ya lo habían despedido del claustro y nunca me tocó don Antonio de Lama, pero en general tuvimos profesores sensatos. Nunca se oyó en aquellas estancias un canto fascista, ningún tributo ritual al Régimen. Luego, al recalar en el Instituto, me chocó la extravagancia de aquel pestiño que llamaban Formación del Espíritu Nacional y el ridículo colectivo de las clases de gimnasia a las órdenes de un esparaván. Era la réplica civil a nuestra sobredosis de latín, al disfrute placentero de los clásicos, al reto de descifrar la cadencia solemne de Horacio. Casi medio siglo después, una veintena larga de aquellos pipiolos, entre los que brotaron curas y dinamiteros, nos seguimos reuniendo para celebrar el oro de la amistad. Hoy nos vemos en Valdevimbre.

(Artículo de Ernersto Escapa, publicado en el Diario de León, el 20 de Agosto del 2011)