Manuel Vicente

Hace Cincuenta Años

Hace cincuenta años, en época de vendimia, los niños que descendíamos del autocar en la finca de los Arriola no 10 hacíamos como vendimiadores, sino, por lo que uno negó a comprender con el tiempo, para fortalecer una vocación que nos había sido impuesta desde el ámbito familiar. Tener un hijo cura había sido siempre la ambición de nuestros padres y, por ello, pusieron como excusa la beca que nos habla sido concedida para realizar los estudios, primero allí, en Santibáñez del Porma, y luego, en la carretera de Asturias, en el Seminario Menor otros tres años más, que fue lo que duró, al menos para mí, la vocación sacerdotal.

Antes mi hermana mayor ya había consolidado la suya, al cabo de unos pocos años, en las monjas de La Divina Pastora, con mayor enjundia y provecho que yo. A Santibáñez llegamos, como decía, en el año 1964 los aprendices de sacerdotes, ciento diez en total, cantidad que fue diluyéndose hasta concretarse, con el paso de los años, en seis, ni uno más; seis sacerdotes, párrocos, curas o como determine el vulgo denominar a quienes prosiguieron hasta el final con aquel ansia sacerdotal que para los ciento y pico restantes resultó insoportable. Escribo, si, el calificativo con toda la intención, porque resultaron duros y fastidiosos -sobre todo los del alto de la carretera de Asturias- los días invernales del romaizo y los sabañones, los de rezos y silencios durante los ejercidos espirituales. Bien es cierto que alguna huella benefactora debió de dejar en nuestras mentes aquel viaje hasta la ribera del Porma, ya que cada año una gran mayoria de los chavalines que llegaron a Santibáñez (curas ahora. abogados. edito­res, médicos. escritores, mecánicos, labradores …) se reúnen alrededor de la mesa para recordar, precisa mente, aquellos momentos; también loa del jolgorio y los del afán de los partidos de futbol en el campo de tierra. Y el placer prohibido de la radio de galena por la noche. Y el del aprendizaje del latín y del griego. Y (para alguno de nosotros) el de las clases de piano de don Luis Trancón. De pronto, la memoria transforma en vaharadas de lavanda lo que acaso fueron olor a fritanga y judías pintas en el comedor acristalado.

Aún resuenan sus nombres en mi cabeza y si cierro los ojos se dibuja en el aire el perfil de sus rostros (Olegario, Quevedo, Ismael, Posadilla, Macarlo, Escapa, Cheyenne, Nistal, Mario, Bayón, Nicanor, Paciano, Mayorga, Riesco, David Fernández Villarroel, Calixto (¡Ah, Calixto, uno de los ‘seis’, que sigue predicando ‘in saecula saeculorum’ en la zona de Rue­da, en el pueblo de mi madre).

Me acerco a la casona de Santibáñez y la encuentro cerrada. No dejo de dar, sin embargo, un rodeo por el molino hasta llegar al río. A pesar de la escasez de lluvia de este verano, baja una corriente viva, de agua densa y temores profundos. Ahí mismo, en ese remanso conservo (en blanco y negro, c1aro está) una fotografía con Macario. ¿Estará tan viejo Macario como yo? ¿Recordará a aquél a quien todos llamaban, no sé porqué, AtiIín? ¿Sabrá que, acaso como él, aquel niño se hizo mayor, y amó y soñó y resistió, y que ahora, cuando lanza con displicencia la piedra que salta sobre la superficie azul y que, tras el último brinco, desaparece bajo el agua, le da por preguntarse si esto es todo lo que sucede en la vida, este vértigo que te hace reconsiderar tu existencia, el de la piedra que sobrevive a duras penas para terminar en el abismo, allí donde reposan, sin más, los restos del naufragio?

¡Cincuenta años! Un día, a la caída de la tarde allá en lo alto, en la descomunal terraza del patio, asisti­mos impávidos a un espectáculo dantesco: ardía en llamas la catedral. Parecía el fin del mundo.

(Artículo de Manuel Vicente González en La Nueva Crónica, el 4 de Octubre del 2014)