Amistad

Los brazos de la amistad

Los brazos de la amistad

Los brazos de la amistad. Escultura de Mariano Gutiérrez

Su presencia pasaba entonces desapercibida, pero las dos criaturas de hierro sobre lava basáltica que Mariano Gutiérrez ha modelado con límpido trazo y acogen hoy hospitalarias al viajero son las que hace ya muchos años, en los primeros días del otoño de 1964, trataron de brindar consuelo a los más de cien colegiales que entraron cabizbajos por el mismo portal cubierto que ahora da paso al recinto.

Traían en la maleta una infancia campesina bruscamente clausurada y miraban todo con asombro, algo de miedo y un poco de esperanza. Atravesaron el patio, antesala de todas las expectativas, sin reparar apenas en la cruz de piedra que lo presidía –tampoco en la palmera que crecía detrás–, y con cuidado de no dar algún traspié con sus zapatos nuevos se detuvieron medrosos ante la escalinata del vestíbulo que daba acceso al piso superior.

Estrenaron luego en los meses que aquí pasaron su adolescencia, confiada según les habían dicho en casa y en la escuela al poder misterioso de los libros, y los pasillos conservan seguramente algunas huellas y señales de su estancia, y por el techo de la capilla aletean todavía los bisbiseos desvalidos de las viejas oraciones, y en las paredes del aula con vistas a la huerta resuena aún el sonsonete del rosa, rosae recién aprendido, y el ruido apagado de aquellos sueños tan altos de la edad temprana se sigue oyendo por las noches en el dormitorio común y las habitaciones.

Así hasta que llegó el tiempo amarillo del final de curso y las figuras inmóviles que ahora despiden amistosas al viajero alargaron sus brazos y estrecharon una a una las manos de aquellos pipiolos seminaristas que abandonaban la sombra protectora de estos muros para volver por unos meses a la intemperie del mundo y del verano.

David Fernández Villarroel. Escritor.